Una vez que Don Chocho, a fuerza de arrastrar y prometer copitas de jerez y cigarritos a los miembros de la oficina de Investigación de Cronopio Región Cuatro (quienes ya habían empezado a contar globos verdes flotando a su alrededor), el equipo entero se retiró a dormir, reposando la bebida y la mente para prepararse para el día siguiente y con ello, la parte restante de su investigación de campo: El bar.
Cerca de la caída del sol, Don Chocho se reunió con nuestro equipo en la plaza de la ciudad desde donde habrían de desplazarse ahora al reconocido establecimiento, haciendo una fila india digna de conquistadores españoles o contribuyentes en el último día; el primer golpe al llegar al lugar fue el aroma; la presencia de la cerveza y el gentío, llenan el lugar de una vivacidad a la que muchos recurren para hacerse más sociales, más conocidos o al menos más existentes, en el caso de nuestro equipo, para quedarse con la boca abierta y los ojos abiertos de par en par ante la puerta y nuestro guía empujándonos dentro con un “Vamos, vamos, la hora feliz no dura todo el día”.
Mientras nos movíamos al ritmo de un raro baile de meneos siguiendo a Don Chocho, que terminamos luego por descubrir no era otra cosa sino el caminar entre los bancos dispuestos alrededor de pequeñas mesas, dimos con que la barra estaba más atestada que una oferta navideña y que algunos de los que ahí estaban, alzaban las manos saludándonos con amplias sonrisas, ojos aborregados y movimientos torpes, a voz en cuello con curiosos: “¡Compa, cuánto tiempo!” y el más curioso “Mi’ja, yo te conozco” que hizo que una de nuestras integrantes se encogiera de hombros e intentara saludar, de no ser por nuestro amable orientador, que llegó en el momento adecuado.
Luego de largos minutos de contemplación, esperando a que una mesita se desocupara, nos acomodamos cerca de una terraza y nos dispusimos a beber cerveza como los demás y fumar cigarros, como tenemos costumbre; de pronto nuestro equipo se percató de dos curiosos fenómenos que no había detectado un día antes en el antro: El primero fue el rumor de las pláticas, tan intenso que por momentos –si se pone mucha atención– se puede uno percatar de que no son las voces de los presentes, sino de alguien más, tal vez fantasmas que se han quedado para siempre a hacerle compañía a los vivos, o bien que subsisten del aroma a licor.
El segundo fenómeno fueron las pláticas, mientras en una esquina se discutía sobre el incremento en la taza de desempleo, la crisis mundial, la influenza desencadenada y el poco turismo, en la otra se hablaba de la película de moda, la visita de Angelina Jolie a Irak y el reciente sepelio de cierto “rey”; nosotros nos dedicamos a mirar, porque eso de intervenir no se nos da del todo, sobre todo nos divertimos de lo lindo, mirando los malabares que en algunos locales hacían los meseros, en otros, el amigo que se ofreció a ir por las bebidas. De vez en cuando nos salpicaban, refrescándonos y sacándonos una sonrisa.
Al poco, un grupo de jóvenes que festejaban el cumpleaños de uno de los suyos se nos unió en lo que nos pareció un ritual ameno, abrazos, brindis, y conteos rápidos para ver quién bebía más y mejor; cabe señalar que algunos de nuestros miembros terminaron más alegres de la cuenta, expresando su amor a los desconocidos que nos prometieron afecto eterno y fidelidad perpetua.
En el calor de la bebida y el ambiente, resultó que nos pasamos de las tres de la mañana ese día y que pocos prestaron atención a las conductas de cronopios, que ya hablaban solos, acariciaban conejitos y se debatían buscando muros libres; nuestros actos no llamaron mucho la atención en un medio donde todos empezaban a tener diversas manifestaciones de su yo interno, los que hicieron casi a nuestras actitudes, reaccionaron con gusto y hasta se nos sumaron en la búsqueda de un armario amplio, una pared al menos blanca y un cuadernillo para tomar apuntes.
Fue así como pasadas las cuatro de la mañana, Don Chocho hizo favor de recolectar al equipo entero, subirlo en un taxi y mandarlos a casa, no sin antes cobrar el resto de sus horarios, por supuesto; y es ahí, en casa del equipo, desde donde a la mañana siguiente, reunidos en la sala, con café a la mano, nos pusimos a escribir y el resultado fue el presente. Así la Oficina de Investigación del Cronopio Región Cuatro, ha llegado a una pequeña pero efectiva conclusión: Los antros y los bares, son muy parecidos a las Universidades.
Los pasillos aglomerados, las aulas ruidosas y las conversaciones en los jardines, no son otra cosa más que alusiones a lo que ocurre en estos sitios de esparcimiento, bien a bien, el preámbulo de lo que será el después de clases, la salida con los amigos para dejar lejos la escuela, aunque luego en el bar y el antro, es como si uno la llevara a cuestas; si ya hasta parecen lugares de estudio, más cuando vemos que no se habla de otra cosa entre las “bolitas” de jóvenes, más que del ámbito estudiantil: que si el profe fulanito dijo esto, que si la tarea de mañana, que si el examen del viernes, o que si el martes luego de la prueba nos venimos a festejar todos, eso es diversión académica.
Así la Oficina de Investigación da por terminada su misión y mientras nos miramos unos a otros planeando ya el próximo viaje de reconocimiento, dejamos campo libre al siguiente ritual en lista. Sin más por el momento, nos despedimos ahora que hay posibilidad.
Atte. P.L.C.R.C. (Personal Limitado del Cronopio Región Cuatro)
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jueves, 13 de agosto de 2009
domingo, 2 de agosto de 2009
Ritual: El Antro/ El Bar (parte uno)
Existe una sección en Cronopio Región Cuatro que ha permanecido oculta hasta ahora, al menos por estas cortas semanas; se trata de la Oficina de Investigación, que generalmente hace un buen trabajo, siempre y cuando no llueva y terminen saltando de charco en charco. Se instalaron en varias universidades, pensando que ahí tendrían alguna experiencia, algún rumor, vamos, algún material de trabajo para definirse a sí mismos. Revelamos ahora su posición porque han abandonado sus puestos, no sin antes entregarnos un trabajo contundente, bien hecho, corto, pero determinante en el siguiente ritual.
Transcribimos textualmente su última entrega.
Oído en un pasillo universitario:
Alumno A- No manches, las cosas están gruesas en Nicaragua.- El Alumno B, que ha estado oyendo, se muestra conmovido. –
Alumno A. -Bueno, desde acá es difícil ayudar. –El Alumno B lo mira sorprendido.
Alumno B- ¿Qué? No te oí, es que todavía no me decido a dónde ir el fin de semana.
Los infiltrados tenían la intención de recabar información referente a los rituales de entrega de tareas –tema que los tiene muy interesados– mismo que hemos dejado completamente de lado, con la intención de seguir el objetivo de cronopio y con la prueba irrefutable de nuestro error. El equipo de cronopio ha abandonado sus intenciones de viajar a Nicaragua, planeado para seguir lo que luego se comprobó, era una pista falsa, y ha invertido lo ahorrado con ese fin en una visita guiada que nos hará el favor de brindarnos un conocedor del tema, quien ha preferido permanecer anónimo (Don Chocho), por los bares y antros de las ciudades centrales de México.
Así, nos hemos dado cuenta de que efectivamente habíamos estado antes en uno de estos lugares, y que teníamos confundidos los términos “baño público” y “antro”. La aclaración ha sido útil sobremanera, y por demás educativa.
Don Chocho ha resultado, fuera de un conocedor de antros y bares, un experto ahorrador (aún nos preguntamos cómo es que nunca habíamos descubierto los cinco usos de un pañuelo desechable). Tan sólo hemos necesitado el doble de lo requerido para nuestro viaje a Nicaragua, para poder cubrir los gastos de nuestra nueva travesía. En palabras de Don Chocho, esto ha sido toda una ganga.
Nuestra primera parada fue una delicia; entramos a un lugar levemente iluminado, lleno de un olor gozoso. Nos sentamos cómodamente en la terraza, prendimos algunos cigarrillos y luego llegó Don Chocho a sacarnos amablemente de aquél café al que entramos por equivocación, dejando una taza de exquisito americano atrás.
Después, hemos llegado a nuestro destino final. Nos unimos a una multitud que miraba con ansiedad a un punto al frente. Preguntamos a varios qué esperaban y recibimos un par de “no sé” y muchos “entrar”. Tratando de fundirnos con el ambiente, comenzamos a girar la cabeza nerviosamente una y otra vez y a gritar números al azar como el resto hacía. Uno de nosotros cometió la imprudencia de gritar “¡Bingo!”, pero afortunadamente somos rápidos en eso de sellar bocas. Finalmente, cuando gritamos “cuatro”, un hombre corpulento nos ha señalado y nos ha guiado hacia la entrada, ante miradas furiosas y suplicas de ayuda, nos preguntamos si nos habíamos salvado de alguna ejecución, pero no, eran ideas nuestras. Fue entonces cuando lanzamos un prolongado “ahhh” y nos dimos cuenta de que conocíamos dicho lugar desde hacía años, cuando fuimos arrastrados por una multitud madrugadora y pasional.
El antro es un lugar oscuro y caótico con sonido estridente y mil historias sucediendo al unísono. Dado que no podíamos sentarnos, ni siquiera en las mesas vacías, cedimos al ritmo, mismo que se mantuvo en una línea el resto de la noche. Observamos un patrón: los que contaban con una botella tenían derecho a sentarse en una mesa. Decidimos comprar una y esperar a que la magia sucediera. Unas cuantas horas después, conducidos por una guapa edecán, nos dirigimos a nuestra mesa en la orilla de la pista de baile.
Lo contenido en la botella era whisky, situación que recibimos con gusto incontenible, pues el equipo de cronopio goza enormemente de tan amaderado liquidito. Mientras por un lado observábamos como hipnotizados los bailes/cantos cercanos a nosotros, comenzamos a bebernos nuestro exquisito elixir. Así, mientras el equipo de cronopio consumía su bebida, ocurrió algo por demás curioso: una canción distinta y caracterizada por una sucesiva repetición de bajos y percusiones, provocó la locura en el entorno, de pronto, casi todos los presentes se habían reunido en la pista de baile arrastrando a nuestro equipo, a quien no le quedó más que unirse a la aglomeración, moviendo los brazos y dando de saltitos, en un ritual digno de una exhortación fluvial, donde cuando nos dimos cuenta, literalmente, ya habíamos hecho bola.
La danza se prolongó por largos minutos, hasta que Don Chocho, advertido por la Dirección, de que algunos miembros de nuestro equipo no pueden mantenerse en la mira del público luego de las 3 am (de lo contrario podrían empezar a vomitar conejos, comer pared o escribir su vida pasada en francés), nos ha sacado a empujones por una salida casi abandonada. Nos ha dirigido hacia una avenida concurrida y nos ha sentado en la banqueta. El Personal Limitado de Cronopio Región Cuatro sigue preguntándose todavía por qué Don Chocho se puso a levantar el pulgar como un loco, antes esto tenía sentido, pero el amaderado liquidito tiene tirado en la banqueta al equipo a pocos minutos de las tres de la madrugada…
Sigue en la próxima entrega...
Transcribimos textualmente su última entrega.
Oído en un pasillo universitario:
Alumno A- No manches, las cosas están gruesas en Nicaragua.- El Alumno B, que ha estado oyendo, se muestra conmovido. –
Alumno A. -Bueno, desde acá es difícil ayudar. –El Alumno B lo mira sorprendido.
Alumno B- ¿Qué? No te oí, es que todavía no me decido a dónde ir el fin de semana.
Los infiltrados tenían la intención de recabar información referente a los rituales de entrega de tareas –tema que los tiene muy interesados– mismo que hemos dejado completamente de lado, con la intención de seguir el objetivo de cronopio y con la prueba irrefutable de nuestro error. El equipo de cronopio ha abandonado sus intenciones de viajar a Nicaragua, planeado para seguir lo que luego se comprobó, era una pista falsa, y ha invertido lo ahorrado con ese fin en una visita guiada que nos hará el favor de brindarnos un conocedor del tema, quien ha preferido permanecer anónimo (Don Chocho), por los bares y antros de las ciudades centrales de México.
Así, nos hemos dado cuenta de que efectivamente habíamos estado antes en uno de estos lugares, y que teníamos confundidos los términos “baño público” y “antro”. La aclaración ha sido útil sobremanera, y por demás educativa.
Don Chocho ha resultado, fuera de un conocedor de antros y bares, un experto ahorrador (aún nos preguntamos cómo es que nunca habíamos descubierto los cinco usos de un pañuelo desechable). Tan sólo hemos necesitado el doble de lo requerido para nuestro viaje a Nicaragua, para poder cubrir los gastos de nuestra nueva travesía. En palabras de Don Chocho, esto ha sido toda una ganga.
Nuestra primera parada fue una delicia; entramos a un lugar levemente iluminado, lleno de un olor gozoso. Nos sentamos cómodamente en la terraza, prendimos algunos cigarrillos y luego llegó Don Chocho a sacarnos amablemente de aquél café al que entramos por equivocación, dejando una taza de exquisito americano atrás.
Después, hemos llegado a nuestro destino final. Nos unimos a una multitud que miraba con ansiedad a un punto al frente. Preguntamos a varios qué esperaban y recibimos un par de “no sé” y muchos “entrar”. Tratando de fundirnos con el ambiente, comenzamos a girar la cabeza nerviosamente una y otra vez y a gritar números al azar como el resto hacía. Uno de nosotros cometió la imprudencia de gritar “¡Bingo!”, pero afortunadamente somos rápidos en eso de sellar bocas. Finalmente, cuando gritamos “cuatro”, un hombre corpulento nos ha señalado y nos ha guiado hacia la entrada, ante miradas furiosas y suplicas de ayuda, nos preguntamos si nos habíamos salvado de alguna ejecución, pero no, eran ideas nuestras. Fue entonces cuando lanzamos un prolongado “ahhh” y nos dimos cuenta de que conocíamos dicho lugar desde hacía años, cuando fuimos arrastrados por una multitud madrugadora y pasional.
El antro es un lugar oscuro y caótico con sonido estridente y mil historias sucediendo al unísono. Dado que no podíamos sentarnos, ni siquiera en las mesas vacías, cedimos al ritmo, mismo que se mantuvo en una línea el resto de la noche. Observamos un patrón: los que contaban con una botella tenían derecho a sentarse en una mesa. Decidimos comprar una y esperar a que la magia sucediera. Unas cuantas horas después, conducidos por una guapa edecán, nos dirigimos a nuestra mesa en la orilla de la pista de baile.
Lo contenido en la botella era whisky, situación que recibimos con gusto incontenible, pues el equipo de cronopio goza enormemente de tan amaderado liquidito. Mientras por un lado observábamos como hipnotizados los bailes/cantos cercanos a nosotros, comenzamos a bebernos nuestro exquisito elixir. Así, mientras el equipo de cronopio consumía su bebida, ocurrió algo por demás curioso: una canción distinta y caracterizada por una sucesiva repetición de bajos y percusiones, provocó la locura en el entorno, de pronto, casi todos los presentes se habían reunido en la pista de baile arrastrando a nuestro equipo, a quien no le quedó más que unirse a la aglomeración, moviendo los brazos y dando de saltitos, en un ritual digno de una exhortación fluvial, donde cuando nos dimos cuenta, literalmente, ya habíamos hecho bola.
La danza se prolongó por largos minutos, hasta que Don Chocho, advertido por la Dirección, de que algunos miembros de nuestro equipo no pueden mantenerse en la mira del público luego de las 3 am (de lo contrario podrían empezar a vomitar conejos, comer pared o escribir su vida pasada en francés), nos ha sacado a empujones por una salida casi abandonada. Nos ha dirigido hacia una avenida concurrida y nos ha sentado en la banqueta. El Personal Limitado de Cronopio Región Cuatro sigue preguntándose todavía por qué Don Chocho se puso a levantar el pulgar como un loco, antes esto tenía sentido, pero el amaderado liquidito tiene tirado en la banqueta al equipo a pocos minutos de las tres de la madrugada…
Sigue en la próxima entrega...
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